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viernes, 23 de septiembre de 2011

Lunes de la ánimas en el Cementerio Central de Bogotá (Colombia)

Isabel Parra, una pariente de mi mamá, mantuvo a su hija fallecida en un altar de cristal en la sala de su casa durante casi diez años. Es una imagen que nunca se quita de mi mente y que me llena de temor frente a una realidad que todos tenemos que cursar: la muerte.

Isabel tardó muchos años en aceptar que su hija se había ido de este mundo. Exhibía  con orgullo aquella decoración dantesca que reunía la mirada de curiosos, amigos y familiares; finalmente, recibió ayuda profesional y los despojos fueron enterrados.

Mi familia materna está llena de fetiches. Recuerdo la casa de mis abuelos con nostalgia y con miedo pues siempre conservaron la costumbre de guardar en este lugar huesos de sus parientes difuntos, manijas de ataúdes y hasta ropa.

Se trata de una casa vieja, fría  y oscura ubicada en Facatativá. Allí, hay velas que alumbran el sueño de las almas. De noche, durante varios años, se escuchaban pasos y repetidamente una presencia forcejeaba con mi tío tratando de ahogarlo con una almohada.

Odié cualquier tipo de encuentro familiar. Un matrimonio, un bautizo, primera comunión, lo que fuera porque mi madre nos obligaba, a mis hermanos y a mí, a pasar la noche en aquella casa frívola.

Es verdad, allí asustaban. En aquel hogar pude ver como el televisor se prendía sólo y los fuertes pasos de gente se sacudían cerca al lecho en donde reposábamos.

Estos episodios me dan escalofríos, los traje a mi mente cuando iba en el Transmilenio camino al Cementerio Central de Bogotá. Sabía que pasaría parte de la noche allí, en un lugar que tiene casi doscientos años y que abriga miles de muertos que duermen bajo los sepulcros.